Desde siempre, nosotros
los peruanos y peruanas aún vivimos de recuerdos deportivos como Seúl 1988,
donde nuestras seleccionadas del vóley femenino lograron la ansiada y casi
inalcanzable medalla de plata. Luego de eso, hemos tenido un receso y una racha
casi nula de victorias que, a decir verdad, parecían no mejorar ni con los
rezos de los más devotos de Santa Rosa ni prendiéndole todas las velas habidas
y por haber al Señor de los Milagros.
Ni que decir del fútbol,
es casi seguro decir que los peruanos estamos más que acostumbrados a no ganar
nada en lo que se refiere a este deporte, pero aún así mantenemos esa fe, esa
garra que verdaderamente nos limita el panorama, ya que siendo realista celebramos hasta por haberle
ganado a una alicaída selección Haitiana
o a un país casi desconocido como Nepal,
Papúa Nueva Guinea o las Islas Salomón. Nuestras ganas de ver destacar a
nuestros seleccionados nacionales nos hacen exagerar triunfos triviales, crear
espejismos, crear ídolos de barro, ídolos de nada, como el ex jotita, y ahora
casi futbolísticamente inexistente Raymond Manco, que en su momento fue una de
las nuevas promesas del fútbol peruano y ahora no es más que un simple
recuerdo. Hoy en día es más seguro verlo en una cámara indiscreta, cortesía de
algún periodista inoportuno como Magaly Medina, captándolo en alguna discusión,
ebrio; todo menos jugando. ¿Quién no recuerda imágenes como las del “Rei”
saliendo de la concentración peruana en Panamá para vivir, junto a futbolistas
como Jefferson Farfán y Andrés Mendoza, una noche loca de alcohol y apuestas en
un casino conocido por ser frecuentado por trabajadoras sexuales? O será
difícil olvidar una frase que quedará en el imaginario colectivo gracias a la
disque modelito Shirley Arica, supuestamente dicha por el ex “jotita”: “tócame
que soy realidad”. Y de esto tenemos la culpa los peruanos, la prensa, los
medios de hacerles creer que ellos son los futuros héroes sin haber ganado más
que un par de pichanguitas, cuando el verdadero partido aún está por llegar y
es enfrentarse a la vida con la responsabilidad de llevar y dejar bien en alto
el nombre de tu país; el vestir una camiseta de la selección de tu patria
debería ser un honor, no una maneras más de ganar dinero. Desde esta columna y
desde mi posición como una persona que disfruta más que el promedio de los
deportes y por qué no del fútbol, quisiera decir ¿podemos dejar de soñar, de
seguir hinchándoles el ego a muchachos con gran talento pero que sin el debido
cuidado y freno, pueden terminar siendo “el crack que no pudo ser?. Además
señores futbolistas, que le ganen a Haití, o a Sri Lanka no es un logro como el
ganarle a una selección que no esté alicaída. Se los dejo como reflexión.
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